Columela Plaza de las Flores Cádiz

Re rustica o Los doce libros de la Agricultura

Lucio Junio Moderato Columela fue uno de los agrónomos más importantes de la antigua Roma. En su obra De Re Rustica describe la cría de gallinas, su manejo y alimentación, convirtiéndose en una referencia histórica del origen de la avicultura.

La obra fue traducida tardíamente por vez primera al castellano por don. Juan María Álvarez de Sotomayor y Rubio e impresa en dos tomos en Madrid, 1824.

Inspirándose en la literatura anterior sobre el tema de autores griegos y latinos, el cuerpo principal del texto va precedido de un prefacio en el que el autor “Columela” elabora una breve historia de la agricultura y expone innovadoras ideas para la época en la materia documentada.

El tratado aborda las labores del campo desde todos los aspectos, estudiando las condiciones y los tipos de tierra y cultivo, los cuidados y enfermedades de las distintas plantas, la avicultura, ganadería, la apicultura, piscicultura y la elaboración de distintos tipos de conservas, entre otros temas.

Pero no solo se queda aquí, sino que nos da nociones de construcciones rústicas, bajando a detalles que difícilmente un arquitecto pudiera conocer.

D. Juan María Álvarez de Sotomayor y Rubio, en el prefacio de la traducción del latín que hace de “re rústica” o “Los doce libros de la Agricultura”, que se publica en Madrid en 1824, nos cuenta:

A Lucio Junio Moderato le conoce la historia por su apodo “Columela”, que en el latín significa “pequeña columna o pilar”; imaginamos que haciendo relación a su carácter firme y estable. Filósofo, nacido en Gades (Cádiz), no sabemos en qué fecha exacta, y que murió en Tarento (sur de Italia) sobre el 60 o 70 d.C.

Fue contemporáneo de otro gran gaditano, el pitagórico Moderato de Gades, con el que frecuentemente se le confundía, y del estoico cordobés Séneca, del que fue amigo.

Columela marchó a Roma siendo un adolescente y sirvió en las legiones romanas, llegando a ser tribuno en una de las apostadas en Siria en el año 35 d. C. Después volvió a Roma, donde se dedicó a la agricultura a gran escala, poniendo en práctica sus conocimientos al respecto.

En la capital del imperio, formó parte de los círculos sociales más elevados.

Fue un gran tratadista de agricultura, además de filósofo y poeta, que escribió, hacia el año 42 de nuestra era, una obra asombrosa, “Re Rústica”, cuyos conceptos hoy, 2000 años después, siguen siendo útiles y estando de actualidad, sobre todo en los tiempos actuales que nos ha tocado vivir.

Por todo lo anterior y por lo que veremos más adelante, es considerado en el mundo de la agronomía como uno de los padres de la agricultura. Es autor de la obra más completa que la antigüedad nos ha legado en materia agronómica.

Su obra ha sido elogiada por entendidos en la agricultura durante siglos y hoy, gracias a Google, la tenemos a nuestra disposición en formato digitalizado; más abajo tenéis los enlaces de toda la obra completa en PDF.

Aquí os presento el libro VIII, que trata de la avicultura, las razas de gallinas, cuáles hay que comprar, cuidado y mantenimiento de las de corralgallineros, su construcción, la alimentación, de los huevos, las cluecas o lluecas, el cebado, etc., que es el apartado que os pongo más abajo; luego en el libro hay otros: paloma torcaz, pavos reales, gansos, patos domésticos, silvestres y peces.

Hay que tener en cuenta que es una traducción del latín, totalmente entendible, con los usos y formas de aquella época, más de 2000 años atrás, en la que nos describe casi igual nuestros gallineros y gallinas de hoy.

Es realmente fabuloso el poder disfrutar de esta espectacular obra de aquellos tiempos y relatada por Columela con un texto objetivo y singular. Yo os invito a que lo hagáis, pues merece y mucho la pena leerlo.

La avicultura según Columela

Los doce libros de agricultura, Lucio Junio Moderato Columela

Aquí os presento el libro VIII, que trata de la avicultura, las razas de gallinas, cuáles hay que comprar, cuidado y mantenimiento de las de corralgallineros, su construcción, la alimentación, de los huevos, las cluecas o lluecas, el cebado, etc., que es el apartado que os pongo más abajo; luego en el libro hay otros: paloma torcaz, pavos reales, gansos, patos domésticos, silvestres y peces.

Hay que tener en cuenta que es una traducción del latín, totalmente entendible, con los usos y formas de aquella época, más de 2000 años atrás, en la que nos describe casi igual nuestros gallineros y gallinas de hoy.

Es realmente fabuloso el poder disfrutar de esta espectacular obra de aquellos tiempos y relatada por Columela con un texto objetivo y singular. Yo os invito a que lo hagáis, pues merece y mucho la pena leerlo.

LUCIO JUNIO MODERATO COLUMELA

De las cosas del campo:

LIBRO OCTAVO De las crías que se hacen en la casería

 

CAPÍTULO I

De las utilidades, que rinden estas crías.

Nosotros hemos expuesto, oh Publio Silvino, en estos siete libros todas las cosas en que consiste poco más o menos la ciencia de cultivar el campo y las que exige la granjería de la cría de ganados.

Este libro tendrá el título del número que sigue a estos; esto es, el octavo; y no se une a esta obra porque las cosas que hemos de decir en él necesiten el cuidado inmediato y propio del labrador, sino porque no deben administrarse sino en las heredades o en las caserías, y redundan más bien en utilidad de la gente del campo que de la del pueblo.

Como que las crías de las caserías, lo mismo que las del ganado, no rinden un producto pequeño al colono porque con el estiércol de las aves remedia no solo las viñas que están muy endebles, sino todo plantío y tierras de labor y con las mismas aves provee de manjares el hogar familiar y las mesas suntuosas; por lo cual he creído deber también hablar de esta especie de cría.

Ella por lo común se hace en la casería o cerca de ella. En la casería está la que llaman los griegos ornibionas 1, xaiperísereionas 2. Y también se manejan con mucho cuidado cuando hay proporción de agua; los ixduotropea 3. Estas son para explicarme en latín como Stábula 4 de las aves de corral, y no menos de las que se engordan encerradas en cuartos o receptáculo 5 de los animales acuáticos.

Por el contrario, cerca de la casería se ponen las elisiones 6, xaixenotropeía 7, y aún también se cuidan con esmero los lagotropeia 8, los que nosotros igualmente llamamos, cuando sirven de acogida a las abejas, apiaria 9; si sirven de depósitos a las aves acuáticas que gustan de los estanques o cisternas, áviaria 10; y cuando sirven para los animales silvestres que se custodian en bosques cerrados, vivaría 11.

Tipos de gallinas descritos por Columela

CAPÍTULO II

De las especies que hay de gallinas;  de la compra, cuidado y manutención de las de corral.

Voy a dar, pues, en primer lugar, preceptos sobre las que se mantienen dentro del recinto de la casería y de algunos animales; a la verdad, quizá se dude si los han de tener las gentes del campo, pero la cría de gallinas la tienen ordinariamente la mayor parte de los labradores.

Hay tres especies de ellas: de corral, silvestres y africanas. Las de corral son las que se ven ordinariamente en casi todas las casas de campo; las silvestres, que se les parecen, son las que se cogen por el cazador; y de estas hay muchas en una isla del mar Ligústico, que los marineros, alargando el nombre de esta ave, la han llamado gallinera. Las africanas, que muchos llaman gallinas de Numidia, son parecidas a las meleágrides, a excepción de que tienen la cresta y la barba roja, y estas la tienen azulada.

Pero de estas tres especies, las hembras de corral se llaman propiamente gallinas, los machos gallos y los medios machos capones, a los que se les ha dado este nombre cuando han sido castrados para extinguir en ellos la inclinación a las gallinas. Y no solo les sucede esto si se les quitan las partes genitales, sino quemándose los espolones con un hierro hecho ascua, después de lo cual, luego que se han consumido con la actividad del fuego, se untan con barro de alfareros las llagas que se les han hecho hasta que se pongan buenas.

No es despreciable, pues la utilidad de esta especie doméstica, si se emplea la inteligencia para hacer las crías, es lo que hizo célebre a la mayor parte de los griegos, especialmente a los de Delos; pero estos también, como buscaban gallos altos de estatura y de ánimo constante para las riñas, aprobaban principalmente la casta de Tanagra y de Rodas, y no menos la de Calcis y la de Media, a la cual el vulgo ignorante, mudándole una letra, llama mélica. A nosotros la especie que más nos agrada es la de nuestro país, no haciendo, sin embargo, caso de aquella afición de los griegos que preparaban para las peleas y las riñas la más feroz de estas aves; pues nosotros tratamos de proporcionar una ganancia a un industrioso padre de familia, no la de un adiestrador de aves para las peleas, cuyo patrimonio entero se ha llevado muchas veces en una apuesta sobre riña de gallos el atleta que ha salido vencedor.

Así, el que quisiere seguir nuestros preceptos, conviene que considere cuántas gallinas ponedoras y de qué cualidades han de ser las que ha de adquirir; enseguida, cómo las ha de custodiar y mantener; después, en qué tiempos del año se han de reservar los huevos para que los incuben y saquen la echadura; y, por último, el modo de cuidar los pollos para que se críen como corresponde, pues con estos cuidados y estos trabajos se saca adelante un corral de aves, a cuyo ejercicio llaman los griegos ognidongopian.

Lo más que se debe comprar son doscientas cabezas, que ocuparán el cuidado de un guardián, con tal, sin embargo, que se ponga una vieja cuidadosa o un muchacho para que custodie las que se separan de las demás y evitar que sean presa de los hombres o de los animales que las acechan. Además, no conviene comprar aves si no son muy ponedoras.

Han de tener el plumaje encendido o negruzco y las alas negras; y si fuere posible, se escogerán todas de cualquiera de estos colores o de uno que se les acerque; pero si no, se evitarán las blancas, que son por lo común delicadas y poco vivas, ni tampoco se encuentran con facilidad que sean ponedoras, y también, como son notables por su color blanco, esta divisa es causa de que muchas veces las arrebaten los gavilanes y las águilas.

Sean, pues, las gallinas que se destinan a poner de buen color, cuadradas, de pecho ancho, con las cabezas grandes, las crestas derechas encarnadas, las orejas blancas, y bajo esta conformación las más grandes que puedan ser, y las uñas desiguales; se cree que son las mejores las que tienen cinco dedos, pero con tal que no les sobresalgan espolones de través en las piernas: pues la que tiene esta divisa peculiar de los machos es reacia para dejarse pisar por el gallo y no lo recibe, fuera de que rara vez es fecunda, y aun cuando empolla, quiebra los huevos con los espolones.

Gallos no conviene tenerlos, si no son muy alentados; y en estos se busca el mismo color y el mismo número de uñas que en las gallinas: la talla se desea más alta, las crestas altas, de color de sangre y derechas, los ojos rojos o que tiren a negros, los picos cortos y curvados, las orejas muy grandes y muy blancas, las barbillas rojas que tiren a blancuzcas, y cuelguen como barbas de anciano, las plumas del cuello pintadas o amarillas, color de oro, y que por los cuellos y las cervices bajen a extenderse en los hombros.

Asimismo, los pechos anchos y musculosos, las alas fuertes semejantes a brazos, las colas muy largas, dobladas en dos órdenes, sobresaliendo por cada lado una pluma; al mismo tiempo, los muslos grandes y poblados de plumas que se ericen frecuentemente, las piernas fuertes y no largas, pero armadas ofensivamente de una especie de chuzo pronto a herir.

La índole, aunque no se destine para pelear ni para la gloria del vencimiento, se aprueba sobre todo que sea noble, y por consiguiente que los gallos sean orgullosos, vivos, vigilantes, prontos a cantar con frecuencia y que no se espanten con facilidad porque algunas veces deben hacer frente a otros animales y proteger el rebaño conyugal, y aún matar la serpiente amenazadora o algún otro animal dañino.

Pero para semejantes machos se previenen cinco gallinas para cada uno, pues en la especie de Rodas o de Media. Por su pesadez, ni los padres son demasiado alentados ni las madres fecundas; y estas, sin embargo, se destinan tres a cada gallo; y además de poner pocos huevos, son perezosas para incubar, y mucho más para sacar los pollos, que crían raras veces; y así los que quieren tener gallinas de estas especies por su hermosura, luego que han recogido sus huevos, se los echan a las comunes que crían los pollos que salen.

Las gallinas de Tanagra, iguales por lo común en los grandes a las de Rodas y Media, no difieren mucho en sus propiedades de las de nuestro país, como igualmente las de Calcis.

Sin embargo, los bastardos de todas las especies procedentes de gallinas del país y gallos extranjeros son muy buenos pollos, porque tienen la hermosura de los padres y el aliento y fecundidad de las madres.

Las aves enanas no las apruebo demasiado, ni por su fecundidad, ni por otra ganancia que puedan dejar, y lo mismo. Me sucede con el gallo peleador, que anda con pendencias por satisfacer su pasión: pues embiste a los demás, no los deja pisar las hembras, no siendo él mismo suficiente para muchas. Por lo cual se ha de refrenar su avilantez con un pedazo de pellejo de bota 4 de vino cortado en redondo que se abre por en medio, y por su abertura se introduce el pie del gallo, con cuya especie de grito se reprime su feroz natural.

Pero voy a tratar, ya como he propuesto, del cuidado de todas estas especies.

Construcción del gallinero según Columela

Publius Claudius Pulcher y los pollos sagrados.

 CAPÍTULO III

Del establecimiento de los gallineros.

Los gallineros se deben colocar en la parte de la casería que mire al oriente de invierno; han de estar contiguos al horno o a la cocina, para que llegue el humo al ave, porque es muy saludable para esta especie.

Pero de toda la oficina, esto es, del gallinero, se hacen tres separaciones en la misma línea, cuyo frente entero, como he dicho, estará mirando al oriente. En seguida se dará en este frente una entrada sola y pequeña por la separación de en medio, la cual será la de menor altura de las tres y tendrá siete pies en todas direcciones.

En sus paredes de derecha e izquierda se hará en cada una una entrada a cada separación, y esta entrada estará junto a la pared que hace frente a la entrada principal. Y a esta pared se aplicará un hogar de tal longitud, que al paso que no impida dichas entradas, el humo que haga llegue a una y otra separación, y estas tendrán de largo y alto doce pies, y el mismo ancho que la de en medio.

La elevación se dividirá por medio de tablados que tendrán por encima de sí cuatro pies y por debajo siete, libres unos y otros, porque cada uno de ellos ocupa uno: ambos tablados deben servir a las gallinas, y cada uno iluminarse con una ventanilla pequeña hacia el oriente que les dará por la mañana salida al corral, y no menos entrada por la tarde; pero se cuidará que siempre se cierren de noche, para que estén las aves con más seguridad.

Por debajo de los tablados se abrirán ventanas mayores que se resguardarán con rejas para que no entren los animales dañinos; pero, sin embargo, de manera que estén estos sitios claros para que habiten en ellos las aves con más comodidad: y el pollero debe registrar de tiempo en tiempo los huevos de las lluecas o de las que ponen.

A este efecto conviene también que las paredes de los gallineros sean tan gruesas que den lugar a que se puedan hacer en ellas, excavándoles, órdenes de nidales para las gallinas, en los cuales pongan los huevos o saquen los pollos; pues este método es más saludable y más primoroso que el que usan algunas personas de meter profundamente en las paredes unas estacas y sobre ellas poner cestos de mimbres.

Pero sean los nidos excavados en las paredes, como hemos dicho, o de cestos de mimbre, se les han de poner delante unos vestíbulos o entradas, por donde pasen para llegar a ellos, bien sea a poner, bien a empollar, para que no entren de vuelo, no sea que al caer quiebren los huevos con los pies: enseguida se facilita a las aves la subida a los tablados en ambas separaciones, arrimando a la pared. Unas alfajías medianas que se desigualan un poco formando escalones, para que no se resbalen al subir por ellas.

También se aplicarán por fuera de la parte del corral a dichas ventanillas unas alfajías en forma de escaleras para que por ellas suban las aves al descanso nocturno. Pero sobre todo se ha de procurar que así estos gallineros como las demás oficinas de que hemos de hablar después se enlucen de fino por dentro y por fuera, para que ni los gatos ni las culebras puedan acercarse a las aves, y se impida la entrada a otros animales igualmente dañinos.

No conviene que el ave, cuando duerme, se apoye sobre el tablado, para que no le perjudique su estiércol, que pegándosele a los pies le ocasiona gota. Para evitar este perjuicio, se labran a escuadra unos palos, no sea que, si están rollizos y lisos, no puedan recibir el ave al saltar sobre ellos: después de haberlos labrado así, se introducen por sus extremidades en las dos paredes opuestas de manera que estén un pie más alto que el tablado y a dos de distancia entre sí.

Esta será la disposición del gallinero. Pero el corral por donde se pasean las gallinas ha de estar tan libre de estiércol como de humedad, pues es de la mayor importancia que no haya agua en él, sino en un sitio solo para que la beban, y está muy limpia, pues cuando está llena de basura les ocasiona pepita.

Sin embargo, no se puede conservar pura, sino encerrada en vasijas fabricadas al intento.

Pero estos son unos dornajos de plomo que se llenan de agua o de comida, los cuales está averiguado que son más útiles que los de madera o de barro cocido. Estos se cierran con tapaderas que se ponen sobre ellos y se horadan por los lados más arriba de la mitad de su altura con agujeros medianos, por los que puedan las aves meter y sacar las cabezas, y disten un palmo los unos de los otros. Pues si no se resguardan estos dornajos con tapaderas, la poca agua o comida que hay en ellos la echan fuera las gallinas con los pies. Hay algunos que agujerean las mismas tapaderas por la parte superior, lo que no conviene que se haga, porque el ave, poniéndose encima, ensucia con su basura la cernida y el agua.

Alimentación de las gallinas

Gallinas en mosaico romano, época de Columela, en la villa Kérylos (Alpes Marítimos, Francia).

Auténtico mosaico alejandrino del siglo II a. C., una alegoría de la familia.

CAPÍTULO IV

De la comida de las gallinas.

La mejor comida que se da a las gallinas es cebada molida en un mortero y veza, y no menos galgana, también mijo y panizo; pero estos granos, donde lo barato de su valor lo permite, más donde están más caros, es cómodo darles ahechaduras menudas de trigo; aunque este grano, aun en los parajes en que está más barato, no es útil dárselo, porque hace mal a las aves. También se les puede dar vallico cocido y no menos salvados medianamente apurados, los cuales, si no tienen harina alguna, de nada sirven, ni aun son apetecibles.

A las que tienen hambre les gustan en extremo las hojas y las semillas de cítiso, que les son muy agradables; y no hay país alguno en que no pueda haber muchísima abundancia de este arbusto.

El orujo de la uva, aunque las mantiene tolerablemente, no se les debe dar sino en dos tiempos del año en que no ponen, porque con esta comida lo hacen raras veces, y esos huevos pequeños, más cuando después del otoño dejan de poner absolutamente, pueden sostenerse con ella.

Pero de la comida que se dé a las que andan por el corral, se dividirá en dos porciones; una se les dará al principio del día y otra cuando ya va declinando la tarde, no solo para que por la mañana no se alejen mucho desde que salen del gallinero, sino para que antes de anochecer vuelvan a él más temprano por la esperanza de la comida y se pueda reconocer más veces el número que hay de cabezas, pues el ganado de pluma burla con facilidad la vigilancia del que lo guarda.

Donde quiera que hubiere en el corral un sitio cubierto por un colgadizo u otra clase de techado, se pondrá junto a las paredes polvo seco o ceniza, para que las gallinas puedan echárselo, pues con estas cosas se limpian las plumas y las alas, si es que damos crédito a Heráclito de Éfeso, que dice lavarse los cerdos con cieno y las aves de corral con polvo o ceniza.

A la gallina se le debe hacer salir del gallinero después de la hora primera del día, y se ha de encerrar antes de la undécima. Este cuidado que hemos referido es el que se ha de tener con la gallina que está libre en el corral; y, sin embargo, no será distinto el que se tendrá con la encerrada, sino que a esta no se deja salir y se le echa de comer en el gallinero tres veces al día y en mayor porción, pues la comida diaria de cada cabeza es cuatro cyathos, al paso que a las que están en libertad se les dan dos o tres.

También conviene que la encerrada tenga un vestíbulo espacioso donde salga y tome el sol; y este ha de estar resguardado con redes, no sea que se arroje a él el águila o el gavilán, cuyos gastos y cuidados no es útil emplearlos sino en los parajes en que estas aves tienen buenos precios. Pero lo más principal, así en estas aves como en toda especie de animales, es la fidelidad del que cuida de ellas, el cual, si no la observa para con su amo, ninguna ganancia que deje el corral excederá a sus costos. Basta con lo que se ha dicho sobre el modo de cuidar las gallinas; ahora vamos a continuar tratando lo que resta por el orden propuesto.

Imagen de Lucio Junio Moderato Columela

Cría e incubación de los pollos

CAPÍTULO V

De los huevos, su custodia, y modo de echarlos a las lluecas

Esta especie de aves acostumbra poner por lo común pasado el solsticio de invierno; y las que son más fecundas comienzan a hacerlo en los países más templados alrededor de las calendas de enero; pero en los fríos, después de los idus del mismo mes. Más conviene excitar su fecundidad con comida a propósito para que pongan más temprano: es muy bueno darles cebada a medio cocer cuanta quieran porque hace que los huevos sean mayores y que los pongan más a menudo; pero esta comida se ha de sazonar, por decirlo así, mezclando hojas y semillas de cítiso, porque lo uno y lo otro se cree que aumenta muchísimo la fecundidad de las aves.

La porción de comida que se les ha de dar a las que están en libertad será, como he dicho, dos cyathos de cebada; sin embargo, se les ha de mezclar un poco de cítiso, y en su defecto de veza o mijo. Pero el pollero deberá tener cuidado de que estas aves tengan, cuando vayan a poner, los nidales cubiertos con paja muy limpia, y de barrerlos de tiempo en tiempo, y de poner en su lugar otra paja lo más fresca que pueda ser, pues en no haciendo esto se llenan de pulgas y de otros insectos semejantes que lleva consigo el ave cuando vuelve al mismo nidal.

Debe el pollero ser cuidadoso y acechar las que están para poner, lo que ellas indican con frecuentes cacareos interrumpidos por gritos agudos. Y así deberá observarlas hasta que pongan los huevos, y visitar inmediatamente los nidales para recoger los que hubieren puesto, y anotará los que haya recogido y el día en que lo ha hecho de cada cual, para poner a las lluecas los más frescos: las lluecas las llamaban las gentes de campo, glocientes en Roma, y son las que quieren incubar.

Los demás huevos se guardarán o se venderán. Pero los más a propósito para echarlos a las gallinas son los más frescos, aunque también pueden echarse los que se han guardado, con tal que no tengan más de diez días. Pero por lo común, desde que las gallinas han concluido la primera postura, desean incubar cuando pasan los idus de enero, lo que no se ha de permitir a todas que lo hagan; porque a la verdad, las nuevas son más propias para poner huevos que para empollarlos, y se les quita la gana de incubarlos con una plumilla que se les pase por las narices.

Por lo cual convendrá echar mano para esto de gallinas viejas, que lo hayan hecho ya muchas veces, y sobre todo conocer bien sus propiedades, porque unas son mejores para sacar los pollos, otras son más a propósito para criar los que han salido; pero, por el contrario, hay otras que quiebran y se comen sus huevos y los ajenos, en cuyo caso se les deben quitar al instante.

Mas los pollos sacados por dos o tres aves se deben trasladar, mientras todavía son chiquitos, a una que sea mejor criadora, y esto ha de ser el primer día que se pueda, antes que la madre pueda distinguir los suyos de los ajenos, por la semejanza que tienen entre sí.

Sin embargo, conviene que esto tenga sus límites, pues no debe darse a una gallina más de treinta cabezas, y se asegura que no puede criar un número mayor. Se observa echar a las gallinas los huevos en número impar, el cual no es siempre el mismo, pues en el primer tiempo, esto es, en el mes de enero, se les deben echar quince, y nunca más; en marzo diecinueve, y no menos que estos; en abril veintiuno; en seguida, en todo el estío hasta las calendas de octubre, otros tantos; después es superfluo el cuidado de esto, porque los pollos que se sacan durante los fríos mueren.

Sin embargo, muchas personas creen que no es bueno el echar lluecas desde el solsticio del estío en adelante, porque, aunque desde este tiempo es fácil criarlos, no toman, sin embargo, bastante incremento. Pero en los parajes inmediatos a la ciudad, donde los pollos sacados de debajo del ala de la madre se venden a precios no pequeños, y no se mueren por lo común, se ha de aprobar que se saquen en el estío.

Cuando se echan los huevos a una llueca, se ha de tener siempre cuidado de hacerlo en la creciente de la luna, desde el décimo día hasta el decimoquinto; porque el echárselos en estos días es ordinariamente lo mejor, y porque se debe manejar esto de manera que, cuando salen los pollos, esté la luna otra vez en creciente.

Los huevos de gallina necesitan veintiún días para animarse y tomar la figura de aves; pero los de pava real y los de gansa han menester un poco más de veintisiete, los cuales, si se echan a las gallinas, dejaremos que los estén empollando diez días antes de echarles los de su especie, que se les pondrán cuatro o a lo más cinco; pero estos de los más grandes, pues de huevos pequeños salen aves diminutas.

Fuera de esto, cuando alguno quisiere sacar muchísimos machos, pondrá a la gallina los huevos más largos y puntiagudos que encuentre; y, por el contrario, cuando quisiere tener hembras, los más redondos. Pero la práctica de echar lluecas que han enseñado los que ponen más esmero en estas cosas es del modo siguiente.

En primer lugar, escogen los nidales más retirados para que las lluecas no sean inquietadas por las otras aves; en seguida, antes de extender cosa alguna por encima de ellos, los limpian con cuidado y ahúman con azufre, betún y tea encendida la paja que han de echar debajo de los huevos; después de sahumada, la echan en los niales, excavándola de suerte que no caigan los huevos trastornados por ellas cuando entran en el nidal o cuando salen de él.

Hay también muchísimas personas que ponen debajo de la paja un poco de grama y unas ramillas de laurel, y asimismo cabezas de ajo con clavos de hierro: todo lo cual se cree ser remedio contra los truenos, que echan a perder los huevos y matan los pollos a medio formar, antes que se desenvuelvan todos sus miembros.

Pero el que pone los huevos debajo de la gallina, procurando irlos arreglando uno a uno con la mano, si no los junta todos en un dornillo, y en seguida los deja caer con suavidad en el nidal que ha preparado. Mas a las gallinas que están empollando se les ha de poner la comida inmediata, para que, estando satisfechas, se mantengan en el nidal con más afición, no sea que alejándose más enfríen los huevos, los cuales, aunque ellas los vuelvan con los pies, sin embargo, cuando las madres hayan salido del nidal, el pollero debe registrarlos y rodearlos con la mano, para que, recibiendo el calor con igualdad, se animen fácilmente y, si algunos se han lastimado o quebrado con las uñas de la llueca, los saque.

Y cuando haga esto, examine el día diecinueve si los pollos han horadado los huevos con los piquillos, y escuche si pian, pues muchas veces no pueden salir por lo recios que son los cascarones. Y así convendrá sacar con la mano los pollos que se detengan en salir; y ponerlos debajo de la madre para que les dé calor, sin hacer esto más que tres días, pues pasados los veintiuno, los huevos en que no pian pollos no los tienen, y se han de sacar para que la gallina no se detenga más tiempo sobre ellos con la vana esperanza de sacar pollos.

Pero no conviene quitárselos a su madre uno a uno conforme van saliendo, sino dejarlos un día en el nidal con la madre sin darles de comer ni de beber hasta que todos estén fuera. Al día siguiente, cuando toda la echadura habrá salido, se saca del nidal del modo siguiente. Se pondrán los pollos sobre un harnero que haya servido ya para acribar veza o aun vallico; en seguida se les ahumará con ramas de poleo; este sahumerio parece que los preserva de la pepita, la cual los mata con mucha prontitud cuando son chiquitos.

En seguida se han de encerrar con la madre, y se han de mantener moderadamente con harina de cebada o de escaña que se rociará con vino; pues se ha de evitar sobre todo el que tengan indigestión, y por eso a los tres días se han de encerrar con la madre en una jaula, y antes que se echen fuera para tornar comida nueva, se han de tentar cada uno de por sí para ver si tienen en el buche alguna cosa del día anterior, pues si no está vacío, es señal de indigestión, y en este caso no se les debe dejar comer hasta que digieran.

A los pollitos pequeños no se les debe permitir alejarse, sino que se les debe retener cerca de la jaula y se les ha de dar de comer harina de cebada hasta que se fortifiquen; también se ha de procurar que no les llegue el aliento de las serpientes, cuyo olor es tan pestilencial que a todos los mata.

Esto se previene quemando muchas veces asta de ciervo, o galvano, o cabello de mujer; porque ordinariamente con el humo de todas estas cosas se alejan dichos animales pestilenciales.

Pero se ha de procurar mantenerlos en un calor moderado, porque no aguantan el calor ni el frío; y lo mejor es tenerlos encerrados en el gallinero con la madre, y a los cuarenta días dejarlos andar por donde quieran. Pero en los primeros días de su infancia, por decirlo así, se han de tomar en las manos y quitarles las plumillas de debajo de la cola, no sea que ensuciándose con la basura se endurezcan y le tapen el orificio; y aunque se tomen estas precauciones, muchas veces sucede que el vientre no tiene por donde desocuparse, y entonces se agujerea el sitio tapado con una pluma y se abre camino a los excrementos.

Pero se ha de evitar que les dé la enfermedad de la pepita, tanto a los pollos cuando ya se han fortificado, como a las mismas madres; la cual, para que no se les forme, les daremos agua muy limpia en vasijas muy aseadas, les ahumaremos siempre los gallineros y los limpiaremos de suerte que no quede estiércol en ellos. Mas si a pesar de esto les acometiere esta enfermedad, hay algunos que les introducen en las fauces unos pedacitos de ajo mojados en aceite tibio. Otros les echan en el pico orina tibia de hombre, y se lo aprietan hasta que lo salado de la orina con la náusea que les causa les obligue a echar la pepita por las narices.

También les hace provecho la uva que los griegos llaman angian saphilen 4, mezclada con la comida, o molida y dada a beber en el agua.  Y estos remedios se aplican a las que no están todavía muy malas, pues si la pepita rodea los ojos y el ave reusa ya la comida, se le abren las mejillas con un hierro, se exprime toda la materia que se ha recogido debajo de los ojos, y después se polvorea sobre las heridas un poco de sal molida.

Esta enfermedad se origina principalmente cuando las aves padecen frío y escasez de comida; también cuando, por el estío, beben el agua encharcada en los corrales; igualmente cuando se les ha dejado comer higos o uvas sin madurar, aunque no haya sido todo lo que han querido, de cuyos alimentos se han de abstener seguramente las aves; y para que las tomen oposición, se presenta a las que tienen hambre un racimo de uva silvestre cogido sin madurar de los vallados y cocido con harina fina de trigo, e incomodadas las aves con el mal gusto que tiene, desprecian toda clase de uvas.

Lo mismo sucede con el cabrahígo que se da a las aves cocido con la comida y les causa fastidio a los higos. Obsérvese, como en los ganados, la costumbre de escoger las mejores cabezas y vender las peores, para que todos los años, por el tiempo de otoño, cuando cesa su producción, se disminuya su número. Y nos desharemos de las viejas, esto es, de las que han pasado de tres años; asimismo de las que son poco ponedoras o poco buenas criadoras, y principalmente de las que se comen sus huevos o los ajenos, y no menos de las que empiezan a cantar como gallos y a pisar las otras gallinas; asimismo de los pollos tardíos, que, habiendo nacido después del solsticio, no han podido tomar todo su incremento.

Pero en los machos no se observará el mismo método, sino que los conservaremos siendo de buena casta todo el tiempo que puedan cubrir las hembras, porque en estas aves es muy raro el macho que sale bueno.

En el tiempo que hemos dicho dejan de poner las aves, esto es, después de los idus de noviembre; se les ha de dejar de dar las comidas más costosas y se les ha de dar orujo de uvas que las mantiene bastantemente bien, añadiendo alguna vez ahechaduras de trigo.

Lucio Moderato Columela moneda

Cuidados y manejo de las gallinas

CAPÍTULO VI

De cómo se han de guardar los huevos para que duren mucho tiempo.

La conservación de los huevos por un largo espacio de tiempo no es tampoco ajena al cuidado que se ha de tener con estas aves: estos se conservan bien en el invierno si los cubres con paja, y en el verano con salvado.

Algunas personas los cubren antes, durante seis horas, con sal molida; después los limpian y los meten en paja o salvado. Algunos los ponen entre habas enteras y otros entre las mismas molidas; otros los cubren con sal sin moler, otros los endurecen con salmuera caliente.

Pero la sal, esté como estuviere, así como no los deja corromperse, así también los disminuye, impidiendo que permanezcan llenos, lo cual aleja al comprador. Y así ni aun los que echan los huevos en salmuera los conservan en su integridad.

CAPÍTULO VII

Del modo de cebar las gallinas.

Aunque el engordar las gallinas sea más de la incumbencia de un recovero que de la de un labrador, con todo eso, como se consigue sin dificultad, he creído dar preceptos al intento.

Para esto se necesita un sitio muy caluroso y de muy poca luz: en él se meterán las gallinas, cada una en una jaula muy estrecha, o en una espuerta, que se colgarán, pero tan apretadas que no puedan revolverse.

Las jaulas o las espuertas tendrán unas aberturas por ambos lados, la una para que saquen la cabeza, y la otra para la cola y el cuarto trasero, a fin de que puedan tomar la comida y, después de haberla digerido, echar el excremento de manera que no se ensucien con él. Se les extenderá por debajo paja muy limpia u heno blando; esto es tardío, porque si la cama es dura, no engordan con facilidad.

Toda la pluma de la cabeza, de por debajo de las alas y de los muslos, se les arranca; aquella para que no críe piojos, esta para que no se les ulcere el ano con la basura.

Y para comer se les da harina de cebada que se amasa con agua y se hacen pelotas con las cuales engordan. Los primeros días se les deben dar estas con más economía, hasta que se hagan a digerir una porción mayor; porque es menester sobre todo evitar las indigestiones, y darles solamente la cantidad que puedan digerir; y no se les ha de arrimar la comida nueva antes de que, tocándoles el buche, se reconozca no haberles quedado nada de la antigua.

En seguida, luego que el ave se ha hartado de comer, se baja un poco la jaula y se echa fuera, pero no para andar por todas partes, sino para que, en el caso de que algún bicho la pique o la muerda, lo persiga con el pico.

Este es por lo común el método que siguen los que engordan aves, pues los que, además de ponerlas gordas, quieren que estén tiernas, echan aguamiel nueva sobre la harina que hemos dicho, y de esta suerte las ceban: algunos mezclan una parte de vino bueno con tres de agua, y engordan el ave con pan de trigo remojado en ella.

La gallina que se ha empezado a cebar el primer día de la luna (porque a esto también se ha de atender) está perfectamente gorda al vigésimo.

Pero si la fastidiara la comida, convendría disminuirla por otros tantos días como han pasado desde que se empezó a cebar: de suerte, sin embargo, que el tiempo de la ceba no pase del día vigésimo quinto de la luna. Aun así, lo más esencial es destinar las aves más grandes a las mesas más suntuosas, pues de esta suerte tiene el trabajo y el gasto una digna recompensa. 

NOTAS AL LIBRO OCTAVO:

Notas al Capítulo I

  • 1 pajareras.
  • 2 palomares.
  • 3 estanques de peces.
  • 4 establos.
  • 5 acogidas.
  • 6 colmenares.
  • 7 lugares donde se mantienen los gansos y otras aves anfibias.
  • 8 parques donde al principio no se encerraban más que liebres y después toda clase de animales silvestres.
  • 9 (también conocido como colmenar) es el lugar donde se encuentra el conjunto de colmenas que pertenecen a un apicultor.
  • 10 Un aviario es una gran jaula para encerrar aves.
  • 11 Finca de caza.

Notas al Capítulo II

1. Plinio, en el libro 10, capítulo 26, dice que el sepulcro de Meleagro en Beocia las ha hecho célebres, y que vienen a él desde Etiopía en ciertos tiempos, pero ni él ni Varrón nos dicen de qué especie son.

2. Dice Plinio en el libro 10, capítulo 50, que estos pueblos son los primeros que han pensado en criar gallinas: llevaron tan adelante este arte que Cicerón dice en el libro 2 de las Cuestiones Académicas que había entre ellos personas que, con solo mirar un huevo, conocían cuál era la gallina que lo había puesto.

3. Por este pasaje, por Varrón en el libro 3, capítulo 9 De las cosas del campo, y por Plinio en el libro 10, capítulos 21, se ve que los antiguos se divierten en ver las peleas de gallos, que los criaban sin otro destino que este, y que había grandes apuestas sobre cuál vencía.

Esta afición dura en los días entre nosotros, unas veces con más fervor y otras con menos: yo he conocido en esta ciudad de Lucena un reñidero, y en Cabra dos, que servían todos los días festivos. En Inglaterra la hay mucho mayor, en México y en Bohemia.

4. Nuestro autor dice: ampullaceo coreo, sea que quiera que este pellejo sea un pedazo de bota (pues los antiguos también las hacían) o a lo menos que estuviese doblado como si se hubiera cortado de ella.

Notas al Capítulo IV

Este filósofo es el que lloraba continuamente sobre las miserias de la naturaleza humana. Escribió mucho, aunque se dice no haber tenido maestro y haberse formado a sí mismo.

Habiéndose puesto hidrópico, consultó a los médicos por enigmas, preguntándoles si podrían poner sereno un tiempo lluvioso. Y no habiendo entendido su pregunta, se enterró en el estiércol, creyendo disipar por su calor la demasiada humedad que tenía en el cuerpo, y como no se curó con este remedio, se dejó morir a los 60 años.

Notas al Capítulo V

1. Parece, sin embargo, por lo que ha dicho en el capítulo precedente, que nunca debe faltar el cítiso.

2. Los antiguos atribuían también otras cualidades a los huevos largos, que los hacían superiores a otros. Horacio en libro 2. Sátira 4. v. 12 y siguientes dice que son los de mejor gusto y más nutritivos. Plinio se valió también de este pasaje en el libro 10, capítulo 52.

4. Staphis agria en latín y en castellano albarraz.

Notas al Capítulo VI

1. ¿No podría atribuirse este efecto a la misma causa que hace a la sal liquidarse en el aire húmedo? Y estos dos efectos, ¿no provienen de que la sal atrae hacia sí las partes líquidas del huevo, como atrae la humedad del aire, en consecuencia de este principio de adhesión, que hace que todos los cuerpos fluidos se apliquen a los sólidos más graves que ellos?

Importancia de Columela en la avicultura

Los escritos de Columela representan uno de los primeros tratados técnicos sobre la cría de gallinas. Su obra ha servido como referencia histórica para el estudio de la avicultura desde la antigüedad hasta la actualidad.

SU OBRA

todo de esta magnífica obra. Que la disfrutéis:

Dictamen de la Academia Nacional Greco-Latina acerca de la obra de Re Rústica. Madrid 1840

Re Rústica, obra completa en Castellano. 

En Castellano Tomo I, enlace. 

En Castellano Tomo II, enlace

En Latín, Reí rústica, ejemplar Biblioteca Nacional de España.

En francés, Les douze livres Lucivs Iunius Moderatus Columella. Par Iacques Keruer 1552

 

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