IV Asamblea Nacional de Avicultura en Madrid. Noviembre de 1948

Historia de la avicultura española

Don Pedro Laborde-Bois, quien había ocupado previamente el cargo de redactor jefe, asumió el puesto de director en 1921 de una publicación llamada España Avícola, que dejó de existir. En su disertación, durante la IV ASAMBLEA NACIONAL DE AVICULTORES Y EXPOSICIÓN, destacó la importancia de tres razas de ponedoras: Leghorn, Castellanas y Catalanas del Prat.

Al reflexionar sobre la avicultura de aquel tiempo, es importante mencionar al profesor Salvador Castelló, quien es reconocido por sus valiosos aportes a la avicultura española. Castelló recomendó a ganaderos avicultores relevantes la exportación de gallipollos Menorcas para su cruce con gallinas castellanas negras de la península. La información sobre este tema es escasa y complicada de documentar, pero en mi poder está el libro que me permite compartir estos datos con todos.

Es significativo señalar que Salvador Castelló llevó al I Congreso Mundial en La Haya un grupo considerable de gallos y gallinas, todos de plumaje negro, representando a las aves de diversas provincias. Sin embargo, en realidad, todos pertenecían a una única raza, la castellana, que se designó como variedades de castellana mejorada debido a la inclusión de sangre de gallipollos menorcas ingleses.

Un aspecto poco conocido sobre el gallo castellano negro es que se convirtió en símbolo del prestigioso estandarte de la primera Sociedad de Avicultores, que estuvo activa entre 1898 y 1905. Además, Su Majestad el rey D. Alfonso XIII le otorgó al estandarte una corbata de honor en 1902. Este mismo emblema estuvo presente en el II Congreso Mundial de Avicultura, que se llevó a cabo en Barcelona en 1924. Aunque es un detalle anecdótico, representa un motivo de orgullo para los criadores de la gallina castellana negra.

España Avicola

Cartel Barcelona 1924

Don Pedro Laborde-Bois Noviembre de 1948

Por consiguiente, aquí os presento el texto del discurso. Al leerlo, comprenderéis muchas cosas y otras que son desconocidas. Respecto a la historia de nuestra castellana, se trata de un documento de relevancia histórica; que les agradezca su disfrute.

Por don Pedro Laborde-Bois

Noviembre de 1948

Cada año, al concluir las temporadas de exhibición, se reciben las memorias de los concursos llevados a cabo. Y a pesar de las inquietudes de algunos que claman: “¡Esto es insuficiente!”, que demandan la equidad en la evaluación de los resultados; en ninguna publicación hemos encontrado aún los juicios que esperábamos que se realizaran, dada la urgencia con la que se deseaba establecer las normas a las que deberían ajustarse las calificaciones de las aves en función de su postura.

Este es el tema que deseo abordar. No tengo la intención de ofrecer una disertación sobre la avicultura conforme a métodos antiguos, aunque no tan distantes en el tiempo, pues vivieron su apogeo hace solo unos pocos años; años que he experimentado (permitan la risa), y no creo que me exponga a un riesgo al afirmar que muchos de los presentes también los han conocido y guardan gratos recuerdos de ellos. Me propongo evocar algunos aspectos que en aquel entonces constituyeron la base y el núcleo de la cría avícola: el estudio y la identificación de las razas de gallinas; la enumeración y el análisis de sus características, llevando este tópico a sus máximos límites.

En esto se fundamentaba el arte avícola, ya que casi se puede afirmar que la única meta era la estética de las aves y su uniformidad para formar razas. Tal vez esta forma de valorar la avicultura poseía un carácter que podría considerarse excesivo, derivando en una evolución que hoy, al juzgar que se había sobrepasado, ha llevado a caer en el extremo opuesto, eliminando por completo lo que anteriormente se había considerado un soporte indiscutible del arte avícola; las razas han sido suprimidas para enfocarse únicamente en una preocupación: la gallina productora de huevos y, en algunos casos, la de carne.

¿Ha sido esto beneficioso? ¿Debemos aceptar esta evolución o debemos oponernos a ella? Para mí, esta es una de las cuestiones contemporáneas; especialmente para aquellos que vemos la avicultura como un placer, como una forma de ocio, y no como una labor, que ciertamente también se considera una carga del cielo.

Soy consciente de que no es factible regresar a los antiguos corrales, que eran habitados por una diversidad de aves que solo compartían su naturaleza como gallos y gallinas. Empleando el enfoque que estamos siguiendo, al desestimar las características correspondientes a esto, nos dirigimos a un destino no deseado, lo cual es inaceptable. 

Los entusiastas de esa época, y es fundamental recordar que la pasión por el gallinero es similar a la que se tiene por el amor, intentaron embellecer sus pasiones con todos los recursos a su disposición, destacándose entre ellos el esfuerzo por unificar y perfeccionar las formas y colores del plumaje de las aves a las que dedicaban su interés.

Así, gradualmente, las razas se fueron definiendo; no afirmaré que surgieron, ya que siempre han estado presentes, aunque nadie lo había notado hasta entonces; no obstante, el dedicado esfuerzo de los aficionados fue aislando ejemplares y estableciendo características que culminaron en la belleza conocida a finales del siglo pasado y principios del actual, de la cual solo pervive un recuerdo.

Sin embargo, este enfoque requiere una notable constancia, así como una gran cantidad de paciencia e inteligencia, y la distribución de estas cualidades no es tan amplia como uno desearía; por lo tanto, el cansancio se hizo presente y provocó un abandono, aunque no total, ya que se cambió el objetivo deportivo por el productivo.

Y algunos, los más apasionados por el gallinero, se dedicaron a la cría de buenas ponedoras, que en un principio utilizaron para su propio beneficio y, posteriormente, mediante la venta de ejemplares seleccionados, han desarrollado la industria avícola, convirtiéndose en el sustento de numerosas familias rurales.

Todo esto tiene un trasfondo positivo; no tiene nada de reprochable; al contrario, merece elogios y reconocimientos. Sin embargo, junto a esta actividad industrial, debería persistir la afición avícola, es decir, la pasión por la avicultura, y de ser así, se recolectarían huevos, pero también se conservarían y mejorarían las razas, algo que apenas se está realizando hoy en día.

Las razas han casi desaparecido, hasta llegar al punto en que es inviable organizar una exposición avícola; en la actualidad solo existen leghorns, castellanas y catalanas del Prat; de estas razas provienen casi todos los ejemplares que se inscriben en los certámenes, y aunque todos pertenezcan a linajes de calidad, debemos aceptar que una exposición conformada únicamente por aves de estas tres razas, blancas, coloradas y negras, es poco atractiva y tiene limitadas posibilidades de atraer nuevos seguidores.

Esta es la causa por la cual, a pesar de que actualmente hay un número significativamente mayor de gallineros en funcionamiento, la cantidad de exposiciones está en declive hasta alcanzar un punto en el que están prácticamente desapareciendo. No obstante, es factible combinar la producción rentable con el ámbito deportivo, dado que este representa la auténtica avicultura y, sin él, el avance y la satisfacción interna resultan imposibles. Es fundamental recordar que la meta es la cultura avícola: eso constituye la avicultura, la cual no puede ser simplificada como lo que comúnmente se define; implica, sí, la atención a las aves domésticas, pero en un sentido más culto.

Este término es apropiado por quienes denominamos avicultores, a quienes debemos asignar algún nombre, ya que se ocupan de ellas, aunque actúan simplemente como explotadores de las gallinas, logrando así un modo de vida que puede ser interesante y digno en distintos aspectos, pero que jamás podrá equipararse con la cultura avícola.

Muy bien; exploremos el ámbito avícola, pero hagámoslo de una manera refinada, donde en esta ocasión el temor se combina con lo placentero; lo útil se refiere al aprovechamiento que se obtiene de la producción de huevos, y lo placentero es que dicha producción sea realizada por aves de porte elegante, adornadas de forma apropiada; que se considere una producción de guante blanco, porque de otra manera no se requerirían avicultores; sería suficiente con los agricultores y sus corrales.

He mencionado anteriormente que actualmente empleamos tres razas de gallinas destinadas a la producción de huevos. Sería ideal que, sin salir de España, además de estas tres, contáramos con varias más. No pretendo que haya una raza por cada provincia, no deseo ser considerado ambicioso; pero sí espero que al menos haya una por cada uno de los antiguos reinos, lo cual sería posible si existieran auténticos avicultores cultos, que son los que promueven el avance en el sector avícola. Por ejemplo, las razas vizcaínas, gallegas, leonesas, entre otras.

Solo recordamos a dos avicultores: uno de Cataluña y otro de Sevilla. El primero ha presentado unas gallinas que creo no han salido de su región original: son gallinas negras, casi del tipo castellano, que tienen la particularidad de poner huevos coloreados muy valorados en Barcelona, hasta el punto de que los comerciantes, si no los encuentran, no dudan en teñir cualquier huevo blanco para cumplir con sus deberes comerciales.

El sevillano, con sus gallinas, un producto selectivo de las gallinas comunes de Utrera, ha logrado y continúa consiguiendo triunfos destacados y bien merecidos, ya que ha conseguido formar lotes de aves con un biotipo estable, perfecto y uniformemente distintivo, y al mismo tiempo presenta defectos en el plumaje, a pesar de su origen campesino.

Así que, si todas estas excepciones deberían ser vistas como ejemplos, ¿qué nos queda? Nada: Solo las tres razas que mencionamos al inicio. Analicemos entonces cómo se presentan, cuál es su utilidad y qué representan realmente.

(Medalla) bronce Don Pedro Laborde-Bois 1947

(Medalla) bronce Don Pedro Laborde-Bois 1947

 A Pedro Laborde-Bois Caro, beneficiario de la Orden Civil del Mérito Agrícola, publicista que destacó por su labor desarrollada en la industria avícola, se le concede la categoría de Comendador de número en 1947. La medalla de bronce, creada en 1925 y restablecida en 1942, tenía como finalidad premiar a las categorías más modestas relacionadas con la agricultura. 

Sociedad Nacional de Avicultores y su estandarte

La primera Sociedad Nacional de Avicultores adoptó como emblema el gallo castellano negro, representado en su estandarte oficial. Este símbolo fue considerado una referencia de la avicultura española y recibió la corbata de honor otorgada por el rey Alfonso XIII. El estandarte fue posteriormente custodiado por la Real Escuela Oficial de Avicultura.

Estandarte primera Sociedad de Avicultores 1898 a 1905

Corbata estandarte primera Sociedad de Avicultores 1902

Estandarte de la primera Sociedad Nacional de Avicultores (1898-1905), con el gallo castellano negro como símbolo y la corbata de honor concedida por el rey Alfonso XIII.

Razas principales mencionadas (Leghorn, Castellana, Prat)

Comencemos dejando de lado para otra ocasión ciertos grupos de aves que reciben nombres de diferentes provincias y que, en realidad, solo existen en la imaginación o en los deseos de quienes las mencionan. Un ejemplo claro de esto son las valencianas. Inicio con la situación de mi hogar. ¿Existen personas que se hayan dedicado a su selección y definición? ¿Y qué hay de las mallorquinas? Pueden ser consideradas como posibles, pero no tienen una existencia real; de vez en cuando aparece su denominación en las listas de clasificaciones para ocupar un puesto, pero la verdad es que no existen, aunque se renuevan las condiciones para que puedan ser presentes.

Aparte de esto, es urgente concentrarnos en nuestra vecina, la catalana del Prat, que ha formado durante muchos años una raza bien definida y admirada por todos, pero que lamentablemente hoy en día está en un proceso de desaparición, al punto que cada vez son menos los que se presentan a los concursos.

¿Qué está sucediendo? La gallina del Prat, en su mejor época, era un ave de extraordinaria belleza, que mostraba robustez, fuerza y vitalidad; esa cabeza con apéndices grandes, considerados defectos por expertos de otros países que solo conocen sus razas, pero que para sus criadores eran características valiosas; lucía unas barbillas y orejas de tamaño considerable, así como una cresta alta y gruesa, con apéndices, como si su superficie natural no bastara para destacarse. Con una marca de pulgar claramente próxima, poseía un aspecto excepcional, de indiscutible belleza, reflejando ser una gallina laboriosa y productiva, que realmente era, no aquellas gallinas de poco valor.

En aquel entonces, se la consideraba, con razón, como una excelente ponedora de huevos de gran tamaño. Sus propietarios decidieron mejorarla y se sometieron a sus propios prejuicios; comenzaron a intentar eliminar los elementos que para los extranjeros constituían defectos y a reducir su tamaño; desconozco si esta decisión fue intencionada, lo cual dudo, o si fue un resultado inevitable de sus cruces.

Pronto lograron sus objetivos; se pueden lograr cosas más difíciles mediante la selección y la correspondiente reducción genealógica (para aquellos que no dominan el castellano, quiero aclarar que esto de genealógica se refiere a pedigree); sin embargo, no se preocuparon en absoluto por preservar sus cualidades ni por mitigar o eliminar sus defectos, y así, nos encontramos con unas catalanas del Prat que son tan finas que, en algunas ocasiones, podrían confundirse con las Leghorn naranjas, que son aves persistentes ponedoras de huevos pequeños en comparación con las que solían poner en su época.

Se ha realizado un pago a un país extranjero, un impuesto que no era requerido ni necesario. Y no lo expongo sin fundamento; me baso en las declaraciones de W. Powell Owen, una figura bien conocida por todos y particularmente por aquellos que han promovido constantemente la comunicación con Inglaterra, buscando imitar en numerosas ocasiones lo superfluo.

Aquí se presenta lo que el reconocido experto en avicultura expresó desde Argentina acerca de la raza catalana del Prat: Estoy en condiciones de apreciar a la catalana del Prat por su porte altivo, su tamaño corporal superior al de la Leghorn blanca y la agilidad manifestada en su mirada; todas esas características evidencian el alto grado de perfección alcanzado en esta raza.

Nuestros destacados criadores, los ingleses, mostrarían un gran interés por esta raza, dado que se trata de aves robustas, y hasta los agricultores de menor escala en localidades urbanas reconocerían las ventajas de criar estas aves debido a su plumaje oscuro, que resiste los efectos del humo y el polvo en las grandes ciudades.

En una de las visitas a las diversas instalaciones, se pueden observar las notables características de productividad que distinguen a la catalana del Prat. La dirección adoptada para la cría de esta raza es extremadamente adecuada, ya que he podido comprobar su utilidad; la fortaleza de su estructura como raza resistente y ágil, además de prometer una alta tasa de producción, sumado a que los gallos de esta raza superan en tamaño a los de la Leghorn blanca, son aspectos que deben ser considerados. En mi opinión, esta raza podría ser criada para un alto rendimiento de postura.

Aquí se revela claramente el error en la nueva dirección tomada para la cría de la catalana del Prat. Es una raza de trabajo; si se prefiere no referirme a ella así, la calificaré como una raza de utilidad. En vez de potenciar su capacidad de producción de huevos, se ha perdido tiempo modificando sus características que no tienen impacto en ese aspecto, sin obtener el resultado deseado. Presentadas al público, pues con todos los aspectos que se han considerado como defectos, ya poseía en sí misma, reconociendo sus grandes virtudes tanto como productora de carne como de huevos.

La Leghorn es otra de las razas que hemos mencionado como fundamental y actualmente relevante en los certámenes, así como en la ilustración de la producción de huevos. La califico como ilustrada porque nuestras mujeres campesinas la desprecian, considerándola frágil debido a su plumaje blanco; por el contrario, se entusiasman con la Prat, a la que ven como robusta y con gran capacidad de producción. 

Esto implica que la Leghorn no ha logrado adaptarse a nuestros terrenos, a pesar de su origen en ellos. ¿Qué ha causado esta situación? En líneas generales, las gallinas de esta raza que teníamos eran ejemplares deteriorados, de tamaño reducido, y los huevos que producían rara vez alcanzaban lo que clasificaríamos como tamaño comercial.

Los habitantes de Cataluña, que se dedican a seleccionar y mejorar su raza característica, la catalana del Prat, decidieron que sería más eficiente y rápido importar reproductores Leghorn de Inglaterra y enfocarse en maximizar los beneficios de esta importación. No solo ellos han tomado esta decisión; también ha sucedido en otras regiones de España. Sin embargo, en algunos lugares, este nuevo hallazgo ha encontrado oposición por parte de un criador apasionado que se opone a la raza importada, contraponiéndola a tres razas seleccionadas que han demostrado tener una excelente producción en el país. 

Lo que se ha llevado a cabo, sin duda, es relativamente sencillo y podría resultar en importantes beneficios económicos, pero no se aconseja a quienes aspiren a considerarse avicultores; es adecuado únicamente para comerciantes que aprovechan la producción.

Es bastante habitual que se importen únicamente machos para cruzar con el plantel de hembras disponible, y a través de este proceso, repetido cada año o, al menos, con cierta regularidad, mediante sucesivas renovaciones de sangre, se logra revitalizar completamente la población explotada. Aunque este proceso se denomine como renovación de sangre, como se mencionó anteriormente, en realidad se trata de un cruce absorbente, que puede ser más o menos lento.

En los concursos de producción, solo deberían ser admitidas las aves de pura raza; creo que esto está estipulado en todos los reglamentos pertinentes. Los cruces están prohibidos, salvo en el caso de que se organicen competencias específicamente para aves cruzadas. Es bien conocido que los descendientes de los cruces poseen una mayor resistencia y, por ende, una producción más intensa, lo que coloca a las razas puras en desventaja al competir contra ellos.

Alfonso XIII colocando la corbata al estandarte en 1902

Concursos de puesta

Se argumentará que proporcionar machos Leghorn a las gallinas locales, que pertenecen a la misma raza, no constituye un cruce; no hay duda de que no se trata de hibridaciones de diferentes razas. Lo que se considera verdaderas hibridaciones son en realidad cruces entre estirpes, que es lo que realmente implican los refrescamientos de sangre.

Llevados a tal punto que las estirpes que se reproducen entre sí están tan distanciadas que todas ellas proceden de la raza Leghorn, se encuentran tan alejadas como puede estar esta raza de las variantes catalana del Prat o castellana.

En cuanto a las gallinas castellanas, aunque no se les ha brindado el cuidado que requieren, permanecen bastante puras, aunque algo desiguales en su morfología. Su hibridación, que guarda similitudes con la de la raza Leghorn contemporánea, de la que hemos hablado anteriormente, es bastante antigua. Todos somos conscientes de que hace algunos años se trajeron menorcas de Inglaterra, que se cruzaron con nuestras gallinas negras, a las que llamábamos castellanas mejoradas, descendientes de las que en aquel país se conocían como “moriscas”.

La finalidad de esta importación era la mejora y el refinamiento del tipo, no un incremento en la producción, aunque este fue el resultado que se obtuvo. Existen registros de estirpes notables de esta época, como las castellanas criadas por los ganaderos Guerreros Hermanos en Jerez de la Frontera; menciono esta en particular por ser la más reconocida. Sin embargo, no puedo pasar por alto la influencia significativa que tuvo en la difusión y popularidad de la raza la granja del Duque de Sexto, denominada “El Gallo de plata”, ubicada en Algete, cerca de Madrid y gestionada por el Conde de las Navas. El símbolo de esta instalación era un gallo negro de la variedad castellana.

En ese periodo, hubo numerosos avicultores que se dedicaron a la cría de estas gallinas. Mostraron tanto entusiasmo que muchos de ellos consideraban su producción como si fueran nuevas razas; así surgieron las denominadas jerezanas, zamoranas, leonesas, mallorquinas y muchas otras, lo que llevó a don Salvador a presentar en el I Congreso Mundial, celebrado en La Haya, un grupo considerable de gallos y gallinas, todos de plumaje negro y representativos de diferentes provincias, cuando en realidad pertenecían a una misma raza.

Indudablemente, habría sido una tarea casi imposible intentar distinguir las zamoranas y leonesas de las jerezanas y estas, a su vez, de las mallorquinas o menorquinas; es irrelevante, porque en la designación de la raza, nos hallamos ante un verdadero juego de palabras que constituyen en esencia un conjunto de barbarismos, utilizando esta palabra en su sentido gramatical. Los ingleses argumentan que encontraron estas gallinas negras en la isla de Menorca, que ocuparon durante un tiempo, y que, al abandonarla, algunos de ellos, aficionados a la avicultura, llevaron consigo algunos ejemplares a Inglaterra.

Auténticos y respetados autores de la época sostienen que, al llegar a Inglaterra, con el objetivo de aumentar su tamaño y realzar el atractivo negro de su plumaje, las cruzaron con las Langshan. Posteriormente, mediante un proceso de selección meticulosa y continua, eliminaron las características que consideraron innecesarias para sus fines, resultando en una gallina de mayor tamaño, elegante en su figura, con plumas negras que mostraban brillos metálicos y con apéndices de la cabeza, es decir, no de la cresta, bien desarrollados; a esta variedad se le otorgó el nombre de Minorca.

Los franceses también participaron en este proceso, ¿cómo no hacerlo?, debido a la belleza de la nueva raza que se presentó oficialmente. La denominaron Minorque para reconocer su influencia. En España, los aficionados con tendencia anglófila optaron por el nombre de Minorca, mientras que aquellos inclinados hacia la cultura francesa prefirieron Minorque, aunque muchos se sintieron justificados en hacerlo solo por haber leído en publicaciones francesas.

Todos contribuirán a que su verdadero nombre, es decir, Menorca, se desvaneciera. Históricamente, ha parecido que hemos tenido reparos o que hemos ofendido a alguien si se afirmaba que existía alguna raza de procedencia española, cuando lo natural debió ser manifestar satisfacción al respecto.

Don Salvador Castelló, quien es reconocido por su notable contribución a la avicultura española, fue quien recomendó a los mencionados ganaderos españoles, Guerrero Hermanos, que importasen estas gallinas para cruzarlas con las aves castellanas de tipo andaluz que poseían.

El impacto de este cruce se llevó a cabo en toda España, donde fue recibido con gran entusiasmo en varios gallineros; tanto es así que, al constituirse la primera Asociación de Avicultura Española, se seleccionó al gallo castellano negro como emblema. Asimismo, el II Congreso Mundial de Avicultura se llevó a cabo en Barcelona en 1924.

Este aspecto es simplemente un relato anecdótico, tanto para mí como para todos aquellos que deseamos identificarnos como avicultores, resultando muy interesante porque representa una parte importante de nuestra historia, especialmente en este contexto, como podrán apreciar.

La gallina negra ha sido conocida en España desde tiempos remotos y, además, ha sido bastante común; en Castilla se le ha denominado y se le sigue llamando morisca, probablemente debido a nuestra tendencia a clasificar como “moro” todo aquello que presenta tonalidades oscuras. Estas gallinas, repartidas a lo largo de la península, experimentaron modificaciones al ser tratadas por manos expertas, especialmente por el cruce con las menorcas inglesas; esto fue favorecido por la iniciativa de don Salvador, quien importó directamente de Inglaterra gallipollos menorcas que se distribuyeron por toda España.

Si se considera además que no se puede pasar por alto que toda característica del ser vivo es resultado de la interacción entre la herencia genética y el entorno, y dado que en nuestro caso este entorno es sumamente diverso, no es sorprendente que haya contribuido en varias ocasiones a generar pequeñas diferencias morfológicas. 

Estas variaciones han servido como fundamento para que los criadores, apasionados iniciadores de razas, hayan encontrado la tentación de perpetuar su nombre o el de su región junto a lo que se ha considerado una nueva raza de gallinas.

Cuando, en el mejor de los casos, y en ciertas ocasiones con la mejor de las intenciones, se podría catalogar simplemente como variedades. No se debe sentir entusiasmo por ellos, sino más bien lamentar su surgimiento.

Es fundamental erradicar esta diversidad de tipos que actualmente existe, buscando un único modelo que se denomina castellana. Para lograr esto, sería beneficioso observar a las aves que participan en los concursos de cría, recomendando que solamente aquellas que cumplen con un patrón específico sean seleccionadas para la reproducción. 

Además, es crucial proporcionar instrucciones a los organizadores de los concursos sobre cuáles son las características que deben preservarse e incluso reforzarse, así como aquellas que se consideran defectos y, por ende, deben eliminarse.

Las granjas que se adhieran a estas directrices y actúen de acuerdo con ellas deberían recibir no solo diplomas, sino también algún otro tipo de reconocimiento y beneficios que las motiven y les impulsen a seguir con su labor encomiable. De igual forma, respecto a las catalanas del Prat, no debe olvidarse ni pasarse por alto que ambas razas son las únicas con auténtica ascendencia española.

Explotemos, por lo tanto, el gallinero; pero hagámoslo de manera culta, tal como hemos mencionado al principio y posteriormente intentando ilustrar, combinando lo útil con lo estético, es decir, la producción con la belleza. Así, podríamos alcanzar que cada región disponga de su propia raza, como es el caso de Cataluña, y que en España se reconozca la castellana, cuyo macho, su gallo, es el símbolo de la avicultura nacional.

Rol que se le ha otorgado oficialmente y que le corresponde por su antigüedad entre las razas de este país, así como por su imponente porte, el cual no puede ser igualado por ninguna otra raza. Tras un potente canto, erguirá su altiva cabeza y cantará como lo haría un poeta.

“… Disfruto de cien luchadores en Flandes, mil indígenas en la ladera de los Andes…, caldero y estandarte, horca y cuchillo…”

Colombófilos Estandarte de la primera Sociedad de Avicultores 1908

Congreso Glorioso estandarte de la primera Sociedad de Avicultores 1902

Preguntas relacionadas

 

¿Qué eran los concursos de puesta en gallinas?

Los concursos de puesta eran pruebas donde se medía la capacidad de las gallinas para producir huevos durante un periodo determinado, comparando distintas razas y ejemplares.

¿Se realizaron concursos de puesta con la gallina Castellana negra?

Sí, la gallina Castellana negra participó en concursos de puesta, destacando por su rusticidad y buena producción de huevos en condiciones tradicionales.

¿Para qué servían los concursos de puesta?

Servían para evaluar la productividad de las gallinas, mejorar la selección genética y orientar a los criadores en la elección de las mejores aves.

¿Existen hoy concursos de puesta en gallinas?

Actualmente son menos frecuentes, pero siguen existiendo pruebas y estudios sobre producción en entornos controlados.

 

Bibliografía:

IV Asamblea Nacional de Avicultores, Cunicultores y Apicultores y Exposición (noviembre 1948)

Avicultura, 1904. S. Castelló. Adm. y Red. De “La Avicultura Práctica”, Barcelona. 

Revista de Menorca. Agosto 1922. “Las Minorcas, como regeneradoras de nuestras Castellanas, Andaluzas o Menorquinas. S. Castelló. Publicación del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Mahón. (Tomado de Mundo Avícola, mayo 1922).

Mundo avícola, mayo 1902  

S. Castelló. Real Escuela de Avicultura, Arenys de Mar. 

Avicultura, 1931. (Vol. 1). B. Dürigen. Edit. Gustavo Gili, Barcelona.

Gallina y Gallineros, 1933. (Vol. 1). Ramón J. Crespo. Edit. Espasa Calpe.

Mundo avícola, noviembre de 1902. 

Real Escuela de Avicultura, Arenys de Mar. 

Temas avícolas. n.º 56. “La Raza Castellana Negra”. Real Escuela de Avicultura, Arenys de Mar

España. Avícola revista, hace un siglo, José Antonio Mendizábal

Avicultura Industrial, 1943. J. Rubio y M. Villanueva. Ediciones Menfis, S.L., Barcelona. 

Libro Español de patrones avícolas, 1953. C.E.A.S. Ediciones GEA, Barcelona. 

 

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