El xenotrasplante es el trasplante de órganos entre especies distintas; está llamado a ser una práctica de futuro. Aunque queda mucho camino por recorrer e innumerables escollos por superar, el nivel actual de la investigación científica, unido a un mayor conocimiento del nivel molecular, augura unas expectativas de futuro que irán concretándose a medida que la experimentación resuelva las dudas actuales y allane el camino a seguir.
El xenotrasplante, en su concepción actual, dista mucho de lo que los pioneros en este tipo de trasplantes imaginaron allá por la década de los 60.
Estos, a su vez, habían recogido el testigo que habían abandonado tres décadas antes los cirujanos de entreguerras, a los que se atribuye la moderna concepción de la cirugía que ha llegado hasta nuestros días.
Sin embargo, los verdaderos orígenes del xenotrasplante hay que buscarlos en el siglo XIX con el nacimiento de la moderna “cirugía experimental” a partir de unos pocos antecedentes desarrollados durante el siglo anterior.
Como cita más alejada en el tiempo, probablemente la primera con carácter “científico”, están documentadas diversas transfusiones de sangre de animal a hombre en 1628 por Colle de Belluno, de Padua, en 1654 por Francesco Folli y en 1665 por Richard Lower de Londres.
La observación empírica de la naturaleza y la larga tradición y conocimiento de injertos vegetales fueron tal vez el motivo que impulsó a los cirujanos del siglo XVIII a realizar experimentos en animales.
El gallo y, en particular, su cresta, acapararon buena parte de estas experiencias pioneras.
El término “injerto animal” fue acuñado muy probablemente por Duhamel du Monceau, naturalista y fisiólogo francés, que dedicó buena parte de sus investigaciones al estudio de la cicatrización y vascularización de injertos de origen animal y vegetal.
Du Monceau publicó en 1749 los resultados de injertos exitosos de espolones, extraídos de pollos jóvenes en la cresta del mismo o de otro animal. El modelo experimental daría el nombre a los pollos unicornios, cuya experiencia se repetiría con posterioridad, también con éxito, en la oreja de bueyes.
La experiencia potenció, en su momento, el conocimiento de los procesos de anastomosis, conexión y neocirculación embrionaria.
Las propiedades de la cresta de gallo fueron confirmadas en 1767 por John Hunter (1728-1793), considerado el padre de la cirugía científica británica, con la implantación de dientes humanos en la misma cresta, o por Giusseppe Boronio (1759-1811). El cirujano italiano implantó en crestas de gallo un ala de canario y una cola de gato.
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